Abrí la puerta en el preciso momento en que el teléfono dejaba de sonar. Me serví una copa. Casi enseguida el aparato volvió a dejar oír su voz. Conté diez, veinte, treinta y cinco llamadas… Encendí un cigarrillo. Hay situaciones en la vida en que uno debe apoyarse en sus propios recursos, asumir sus problemas y tomar sus decisiones. A las dos de la madrugada el teléfono enmudeció, y yo me sentí ganado por una deliciosa sensación de paz y un sueñecillo dulce. La jornada había resultado agotadora. Me acosté en la cama, pero el recuerdo de los últimos acontecimientos pudo más que mi cansancio. Dormí a ratos, soñé a trompicones y, en el estado de duermevela, tomé una determinación. Pasaría el fin de semana en casa de tía Alicia, junto al mar, lejos del inaguantable bochorno ciudadano, de las pesadillas propias y ajenas. Abordé el primer tren de la mañana junto a algunos bañistas madrugadores y un grupo bullicioso de mochileros. Dejé atrás los edificios grises, los arrabales despertando a la claridad del día… Tía Alicia, ¿cómo acogería mi visita? Hacía más de diez años que no sabía nada de ella, fuera de una tarjeta por Navidad y unas cuantas postales perdidas desde alguno de sus viajes. Al llegar, la encontré como siempre, en pie desde las primeras horas, regando el jardín con una paciencia y una dedicación exquisitas.
—¡Qué sorpresa! —dijo. Y me invitó a pasar.
—¡Qué sorpresa! —dijo. Y me invitó a pasar.
Cuando crucé el umbral, me sentí sacudido por multitud de recuerdos. La proverbial hospitalidad de mi tía, el refugio placentero de mis años de estudio, el retiro escogido para todas las novelas que siempre quise escribir y no pasé de proyectarlas. Desayuné chocolate con bollos y me tendí en la cama. Me hallaba extenuado.
Al cabo de unas horas, tía Alicia me despertó.
—Bueno, bueno —dijo—. Y ahora me vas a contar qué nueva travesura has hecho.