¿Por qué dar créditos antes que nada?
Creo firmemente que todos los seres humanos tienen una habilidad innata. Yo la llamo la habilidad de la supervivencia. El hecho de que las personas pobres estén vivas es prueba más que suficiente de su capacidad. No necesitan que les enseñemos a sobrevivir: es algo que ya saben hacer. Así que, en vez de malgastar nuestro tiempo enseñándoles nuevas habilidades, tratamos de emplear al máximo las ya existentes. Permitiendo que las personas pobres tengan acceso a créditos, hacemos inmediatamente posible que pongan en práctica las habilidades que ya conocen: tejer, descascarillar arroz, criar vacas, explotar un ricksha. Y el dinero que ganan se convierte, a su vez, en una herramienta, una llave que abre la puerta a un sinfín de otras capacidades y les permite explorar su propio potencial. A menudo, los prestatarios se enseñan técnicas nuevas entre sí que los capacitan para hacer un mejor uso de sus habilidades de supervivencia. Y enseñan mucho mejor que nosotros.
Los decisores gubernamentales, un gran número de ONG y los consultores internacionales suelen empezar la lucha contra la pobreza poniendo en marcha programas de formación sumamente complejos. Lo hacen porque parten del supuesto de que las personas son pobres porque carecen de habilidades suficientes. Pero esa formación perpetúa también los intereses particulares de quienes la organizan, puesto que crean más puestos de trabajo para sus miembros y empleados sin que por ello se responsabilicen de tener que producir unos resultados concretos. Gracias al flujo de presupuestos para la ayuda y la asistencia social exterior, se ha desarrollado en todo el mundo un sector de enormes dimensiones con la única finalidad de proporcionar esa clase de formación. Los expertos en paliación de la pobreza insisten en afirmar que la formación es de una importancia vital para que las personas pobres asciendan posiciones en la escala económica. Pero cuando se sale al mundo real, resulta inevitable comprobar que las personas pobres no son pobres porque no hayan recibido formación o porque sean analfabetas, sino porque no pueden retener los rendimientos de su trabajo. No tienen ningún control sobre el capital y es, precisamente, la capacidad para controlar el capital la que confiere a las personas el poder para salir de la pobreza. En el reparto de los beneficios, el capital siempre sale descaradamente favorecido. Dada su situación de impotencia, las personas pobres acaban trabajando en beneficio de alguien que controla los activos de producción. ¿Por qué no pueden controlar ningún capital? Porque no lo heredan, como tampoco heredan un buen historial crediticio y nadie les garantiza el acceso a créditos porque no se les considera unos receptores válidos. En mi opinión, un gran número de programas de formación acaban resultando contraprodu centes.
Muhammad Yunus. El banquero de los pobres. Barcelona: Paidós Ibérica, 2008, p. 194-195