Lo último que se le hubiera ocurrido sería quejarse de Pilar. Era la mejor asistenta que había tenido y le mantenía el apartamento impecable. Pero las únicas mañanas en las que M.ª José podía disfrutarlo de verdad eran las del fin de semana, gracias, precisamente, a que Pilar hacía fiesta. Eso le permitía ocuparse de las plantas, colocar las cosas a su gusto, hacer lo que le viniera en gana sin tenerla pendiente de sus deseos, constantemente dispuesta a echarle una mano mientras le contaba sus cosas. M.ª José le había dicho que veía muy difícil que pudiera asistir a la primera comunión de la hija, ya que el 15, aprovechando que en Madrid era fiesta, en principio se iba a Barcelona. Y seguramente había cometido un error, ya que Pilar, a fin de compensar aquel contratiempo, se había pasado la semana anticipándole los diversos detalles de la ceremonia, las flores, las fotografías, el menú, todo como si fuese una boda, salvo por los puñados de arroz y las damas de honor.
Por otra parte, hacía mucho tiempo que no pasaba sola dos domingos consecutivos. Lo seguro era que no echaba de menos a Javier; de hecho, apenas si había pensado en él. Un olvido que, hasta cierto punto, le sorprendía. Para Alberto, hubiera sido una prueba más de que sólo se quería a sí misma. Pero no se trataba de eso. El problema no era ella; el problema era Javier. O, si se prefiere, que ella no quería a Javier, que no estaba enamorada. De ahí que ni hubiera tenido la tentación de llamarle por teléfono, de intentar una vez más un arreglo. Estaba segura de que Javier, en cambio, sí había telefoneado; en el contestador automático había dos llamadas sin mensaje que debían de ser suyas. Más que terco, era orgulloso y, al ver que ella no se ponía, colgaba. Las llamadas de la madre planteaban más interrogantes. ¿Lo hacía por indicación de su hijo, para interceder, o porque se sentía genuinamente ofendida de que alguien le hiciera un desprecio al chico? Por más que, personalmente, sin duda hubiera preferido que siguieran juntos.