Con la tonadilla dentro de mí, con esa sombra a mis espaldas, llego hasta mi casa. Ante el portal cerrado, siempre me pregunto lo mismo, ¿tendré las llaves? Las tengo.
Oigo un ruido. Me parece que proviene del rincón. Ya no es la sombra que me persigue ni el eco de la música del bar. Todo eso ha quedado fuera, en la calle. Esto es otra cosa. Un ruido como un gemido. Un ruido humano.
—¿Hay alguien ahí?, ¿quién es? —pregunto, alzando la voz.
Al ruido le cuesta articularse, expresarse con palabras. Busco a tientas el interruptor de la luz. El zaguán queda iluminado, aunque la luz es débil y tiembla un poco, como si la bombilla estuviera a punto de fundirse.
Me acerco con precaución al bulto que gime y se mueve.
—¿Qué hace aquí?, ¿qué le ha pasado? —pregunto.
Es una mujer. Está agachada, arrebujada en su abrigo, despeinada.
—¿Qué le ha pasado? —repito.
—No lo sé —balbucea.
—Pero algo le ha tenido que pasar.
—Tengo un dolor aquí —dice, con las manos sobre el abdomen, como sujetándolo.
—¿Vive en la casa?, ¿en qué piso? Habrá que llamar a un médico. ¿Puede ponerse en pie? Venga, la acompaño a su piso.
—¿Quién es usted? —pregunta, temblorosa, la mujer—. ¿Cómo sé que puedo fiarme de usted?
—Pues quédese aquí —le digo—. Mire, yo vivo en el quinto. Quédese aquí si quiere mientras voy a avisar a su familia.
—No tengo familia en la casa.
—¿No vive aquí?
—No he dicho eso.
La mujer habla ahora con más calma. Parece algo recuperada.
—Verás —dice, después de tragar saliva y de respirar profundamente—. Soy enfermera, cuido a la señora del segundo derecha, que vive sola. No está del todo incapacitada, pero casi. Fue justo al bajar por las escaleras, de pronto me sentí mal, fue como un golpe en el estómago. Me he tenido que echar en el suelo. Pero ya me encuentro mejor, se me está pasando, no sé qué ha podido ser.
La mujer se incorpora, apoyándose en la pared. La verdad es que, aunque no lleva uniforme de enfermera —lo que se vislumbra bajo el abrigo no es una bata blanca, y sus piernas están enfundadas en pantalones oscuros—, tiene pinta de enfermera. Es una mujer de aspecto fuerte, alguien capaz de ayudar, de sostener a otra persona, de manejarse bien con los otros. Se ha enderezado y se está sacudiendo el abrigo, manchado de polvo. El zaguán, es evidente, no está inmaculado.