Las cuatro vivencias afectivas más importantes
Estas distinciones psicológicas son importantes, si queremos tener las ideas claras sobre algo tan fundamental como la edificación personal de un amor inteligente, cuyo camino más frecuente es el sentimiento. La amistad sería uno de sus principales exponentes, así como las relaciones afectivas sólidas gracias a los años y las raíces. La emoción, por el contrario, no es tan usual, ya que aparece cuando alguien vibra con algunas experiencias singulares de forma tal que se expresa físicamente. Entre estos estados cabe destacar: el miedo, la ansiedad, la crisis de pánico, la alegría desbordante por haber con seguido algo que se ha perseguido durante años… En una escala superior situamos la pasión: tiene la misma intensidad —al menos— que la emoción, pero la carga afectiva o sentimental es tan alta que con frecuencia conduce a desdibujar o emborronar la razón, así como al acto de razonar.
Su derivación latina, passio, -onis, procede a su vez de pati, que significa «padecer» o «ánimo que perturba la razón». La intensidad de la pasión arrastra al arranque, a vivir esa circunstancia que la produce con ardor y vehemencia. Es entonces cuando la inteligencia o la razón permanecen en un segundo plano, junto con el conocimiento y el juicio. Aristóteles decía que las pasiones eran una de las cuatro categorías vitales primordiales y las contraponía a las que conducen a la acción. La pasión es, pues, una modificación intensa y de cierta permanencia de la afectividad, que puede llegar a acompañarse de descargas vegetativas.1 Es posible que esta modificación intensa conduzca a la alteración —que en sentido etimológico quiere decir «acción del otro» o conducta dirigida desde ese origen al exterior—, que comporta una sacudida capaz de romper la forma de ser habitual de cada uno.2 Esta variante psicológica, extrapolada al terreno del amor conyugal, si no se controla o sujeta a tiempo, puede tener unas consecuencias muy negativas y llegar incluso a hacer mella en nuestra trayectoria biográfica.
La cuarta vía de aproximación a la afectividad es la motivación: todo aquello capaz de empujar la existencia hacia el futuro, el mañana, aunque la meta esté lejana y no se vea o se haya perdido la perspectiva y el camino por donde encontrarla. La psicología moderna tiene aquí un fuerte punto de apoyo para explicar el porqué de muchas conductas. También el amor se va a ver influido poderosamente por ella.
El enamoramiento es una emoción apasionada que se experimenta hacia alguien y que en la
juventud es más fuerte que en épocas posteriores. A medida que pasa el tiempo todo se desliza más hacia el plano de los sentimientos, la ruta normal de la afectividad tras los momentos estelares. El tiempo o la madurez se encargan de que seamos capaces de consolidar un amor estable, rico, armonioso, tejido e hilvanado de reciprocidad.
1. Síntomas físicos similares a los de la emoción, pero más fuertes: taquicardia, sudoración excesiva, temblor de manos y pies, dificultad respiratoria (disnea)…
2. Ya el español Luis Vives, en el Renacimiento, decía que las pasiones mueven el alma e influyen en la percepción de la realidad. Descartes, en el siglo xvii, describe en su libro Las pasiones del alma las seis que él considera primordiales: amor-odio, alegría-tristeza, admiración-rechazo. Pero el concepto de pasión nace, en sentido estricto, entre los siglos xvii y xviii sobre todo a nivel intelectual. Su diferenciación de la emoción se produce a finales del xviii, ya en pleno Romanticismo. Maine de Biran, pensador y político francés (1766-1824), definió funciones corporales para cada una de las pasiones activas y pasivas.
Enrique Rojas. El amor inteligente. Barcelona: Círculo de Lectores, 1998, pp. 27-29