A veces me quedo absorto. En pocos instantes, en segundos, soy capaz de recordar o imaginar cosas que, si estuviesen ocurriendo de verdad, necesitarían mucho tiempo para desarrollarse. Quizá estoy recibiendo la lección de fray Bernardino, miro sus labios moviéndose mientras declina, me distraigo, pasan por mi mente sucesos, rostros, lugares, historias. Peripecias que transcurren a lo largo de muchos días, aventuras descomunales que ocuparían meses. Pero cuando comprendo que estoy distraído y recupero la atención, puedo comprobar que apenas he perdido tres casos de la declinación que explica mi maestro.
O no pienso en nada, la mirada se me pierde en el cielo, o en los árboles, o en un objeto pequeñísimo —una semilla, un insecto— y se me hunde el pensamiento en esa modorra que va disolviendo el bulto y el color de lo que veo, y los sonidos, los olores, hasta que todo se convierte en una sensación borrosa y me parece flotar en el agua cálida de algún río secreto.
Mi madre dice que esta facilidad para el ensimismamiento me viene de los suyos. Quedarse así, pensando muchas cosas a la vez. O dejarse mecer, como en una corriente suave, en un fluido sin significado que es pura mezcla de luces y sonidos y aromas.
Aquella tarde estaba preparando un retel —nos íbamos a ir de pesca los muchachos al arroyo del cerrito— y me encontraba flotando en una de mis ensoñaciones. Me gusta entretenerme en esas labores que obligan a repetir minuciosamente destrezas de los dedos, para construir cosas. Ya terminaba de tejer la redecilla y la iba atando al aro; embebido en mi tarea, recordaba alguna de las aventuras que me narraba el padrino: aquellas de don Amadís, hijo de Perión, rey de Gaula, y de la princesa Elisena de Inglaterra. Quizá hasta murmuraba, sin darme cuenta, frases del famoso caballero, a punto de emprender singular combate con su hermano Galaor, sin reconocerle.
Era una tarde calurosa del tiempo seco. Enfrente de mí, sentadas en la tarima, a la entrada del bohío, mi madre tejía y mis dos hermanas, ayudadas por la anciana Micaela, desgranaban maíz. Mi cotorra gritaba palabras de la vieja lengua, increpando acaso a unas pavas que picoteaban bajo ella, junto a la casa, rodeadas de su pollada.
Ajeno a todo, yo iba tejiendo los pequeños nudos y me sentía protagonista de alguna aventura, cuando un repiqueteo de cascos me sacó de la distracción.
José María Merino. El oro de los sueños. Madrid: Alfaguara, 1986, pp. 11-12