El murciano, que había tenido una noche agitada desvalijando un coche en la plaza Real, apoyaba la cabeza en el regazo de Maruja y bostezaba. Al principio, toda aquella enrevesada historia no le interesó demasiado y sólo la imagen de Teresa se iluminó de vez en cuando con vivos colores entre sus entornados párpados, como descomponiéndose por efecto de la luz en un día de lluvia, pero desprovista de toda significación. Para él, los estudiantes eran unos domésticos animales de lujo que con sus algaradas demostraban ser unos perfectos imbéciles y unos desagradecidos; a los follones que organizaban en la calle, aunque él presentía que podían tener motivaciones políticas, nunca les había concedido más valor, y desde luego mucha menos importancia, que a las gamberradas que hacían con las modistillas el día de Santa Lucía. Sin embargo, Maruja aventuró una vez más una observación acerca de lo rara que se había vuelto Teresa desde que iba a la universidad y salía con aquel estudiante amigo suyo; en esta ocasión, la criada se ayudó con una ingenua y pintoresca imagen de su señorita, sin duda exagerada —por lo menos así se lo pareció a él, que la escuchaba sumido en una especie de duermevela—, diciendo, con una vehemencia en la voz que ni ella misma habría sabido explicar, que Teresa, si tú supieras, a la señorita le gusta mucho frecuentar las tabernas con sus amigos y enterarse de cómo es la vida, hablar con trabajadores y borrachines y hasta con mujeres de ésas, ya sabes, con furcias, porque ella es muy así, muy extremada y muy revolucionaria, ¡huy si la oyeras a veces en casa, te aseguro que la señorita no tiene pelos en la lengua...!
Le contó, además, que Teresa salía a menudo con chicos estrafalarios y existencialistas —fueron las palabras que empleó la criada, casi con unción—, gente rara, estudiantes con barba, y que se pasaban la vida llamándose por teléfono, dándose citas y prestándose libros; que a veces Teresa se encerraba en su habitación con un grupo de amigas y se pasaban allí toda la tarde, y cuando ella, Maruja, les subía café o bebidas, se encontraba siempre con el cuarto lleno de humo de cigarrillos y a ellas sentadas en el suelo entre almohadones, rodeadas de discos y discutiendo acaloradamente de política, del país y otras cosas raras.
De nuevo despuntaba en sus palabras aquel trémolo de admiración y respeto que deprimía a Manolo, y por eso él prefirió no hacer ningún comentario que pudiera avivar aquellas confusas y sin duda exageradas confidencias de la criada. Por otra parte, esta mañana el sueño casi vencía el interés que el simple nombre de Teresa despertaba habitualmente en él.