En nuestra vida intelectual parece de buen tono abominar de la universidad, pero cada vez que alguien lo hace no puedo evitar acordarme de lo que Flaubert anota sobre la Academia Francesa en la entrada correspondiente de su Diccionario de lugares comunes: «Denigrarla, pero tratar de ingresar en ella si se puede». Este fariseísmo prueba que, pese a las críticas que puedan hacerse a la universidad española (muy justas la mayoría), en ella todavía trabajan algunas de las personas más valiosas de este país.
Pensé lo anterior durante un acto académico celebrado no hace mucho en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Se trataba de una oposición a cátedra, pero, como el candidato era Domingo Ródenas, un filólogo que hubiera debido ser catedrático hace veinte años, el debate sobre sus méritos se volvió superfluo y por momentos derivó hacia un asunto más controvertido: la virtud (o el defecto) de la admiración. Ródenas aseguró que la tarea fundamental de un profesor consiste en implantar en sus alumnos la admiración por el talento ajeno, polemizó con Horacio y su rechazo de la admiración como secreto de la felicidad, y citó un ensayo de Aurelio Arteta, titulado La virtud en la mirada, donde el filósofo argumenta que la admiración es «el sentimiento de alegría que brota a la vista de alguna excelencia moral ajena», y que esta «simpatía con el excelente» provoca el deseo de imitarlo y de desarrollar por tanto las mejores posibilidades humanas, porque a través de ella «cada cual vislumbra y quiere su mejor yo». […] Sea como sea, yo no tengo ninguna duda de que sin admirar a los buenos no hay forma de emularlos, y de que sin emular a los buenos estamos condenados a ser de los malos, o al menos a no encontrar lo mejor que cada uno alberga dentro. Por eso sorprende nuestra escasa admiración por la admiración y nuestra mucha admiración por quien está de vuelta de todo, casi siempre sin haber ido a ninguna parte, así como por quien desprecia o parece despreciarlo todo, incluido lo bueno, y no por quien es capaz de reconocerlo y admirarlo. Es, si bien se mira, el abismo que separa a Cervantes de Quevedo: Quevedo observa a los humanos desde arriba, con una soberbia a veces insufrible, y se ríe de todo y de todos, porque es capaz de ver lo peor incluso en los mejores; Cervantes, en cambio, observa a los humanos desde abajo, con una humildad militante, y, aunque también se ríe, se ríe con todos, quizá porque es capaz de ver lo mejor incluso en los peores. Por desgracia, en España triunfó Quevedo —el barroquismo y la picaresca— y no Cervantes —la novela moderna—, y por eso la literatura española es demasiado a menudo una literatura de señoritos (una literatura de primero de la clase, decía Félix Romeo), que es quizá lo peor que puede ser una literatura.
Así que lleva razón Ródenas: hay que implantar la admiración en la universidad; pero luego hay que implantarla en todas partes. Píos deseos al empezar el año.
Javier Cercas. «La admiración por la admiración». El País Semanal [en línea] (31 diciembre 2017). https://elpais.com/elpais/2017/12/22/eps/1513970046_859485.html