Adela.— (En un arranque y abrazándola). Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa. Martirio.— ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es tuya. Aunque qui siera verte como hermana, no te miro ya más que como mujer. (La rechaza).
Adela.— Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio.— ¡No será!
Adela.— Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio.— ¡Calla!
Adela.— Sí. Sí. (En voz baja). Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias, ya no me importa, pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio.— Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela.— No a ti, que eres débil; a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio.— No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que, sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela.— Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola en medio de la oscu ridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.
(Se oye un silbido y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante). Martirio.— ¿Dónde vas?
Adela.— ¡Quítate de la puerta!
Martirio.— ¡Pasa si puedes!
Adela.— ¡Aparta! (Lucha).
Martirio.— (A voces). ¡Madre, madre!
(Aparece Bernarda. Sale en enaguas, con un mantón negro).
Bernarda.— Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos! Federico García Lorca. La casa de Bernarda Alba [en línea]. http://www.cervantesvirtual.com