No sé cuándo fue la última vez que tuvisteis un recién nacido en brazos. Lo que sé es que, por mucho tiempo que haga, no se os habrá olvidado la sensación de indefensión y ternura que desprenden. Y es que los humanos nacemos de forma prematura, cuando todavía no somos capaces ni de sujetar nuestra cabeza, no hablemos de caminar o buscar nuestro alimento. Somos, sin lugar a dudas, los seres vivos que nacen menos capaces de sobrevivir solos, los que más necesitamos del resto de la especie para salir adelante.
El motivo fundamental de esta vulnerabilidad del humano recién nacido está en su cerebro. Cuando somos adultos, nuestras neuronas se organizan en redes para funcionar. Sin embargo, en el momento del nacimiento estas relaciones todavía no se han establecido. Será la experiencia la encargada de organizarlas. Nuestros bebés aprenden a entender los estímulos visuales cuando son expuestos a la luz; aprenden a moverse mientras interactúan con el espacio; aprenden a vivir viviendo. [...]
Y así, al tiempo que sus neuronas aprenden a reconocer el mundo, aprenden la lengua (o las lenguas) que hablamos los adultos. Con el mismo esfuerzo con el que aprenden las palabras, aprenden la mayor parte de los conceptos asociados a ellas. Las lenguas que hablan sus cuidadores son el cicerone que les acompaña y les guía: «¿Oyes, cariño?: un perrito en la calle»; «Mira allí: viene el abuelo a vernos». Y esa lengua (o lenguas) de nuestra infancia se convierten, sin remedio, en parte de nosotros. Un modo de mirar, un modo de entender, un modo de pensar. Las llamamos lenguas maternas no porque las hablen nuestras progenitoras, sino porque son nuestras madres, el kilómetro cero de lo que fuimos y somos.
Esa es la razón por la que pensar y hablar en lengua materna (a diferencia de lo que pasa con las segundas lenguas) nunca cansa. [...] Hablar la lengua materna es lo natural, lo que demanda nuestro cerebro. Así, cuando veas a un humano hablando su lengua materna, no busques más razones a su conducta. Por el contrario, si alguien cambia de código y usa tu lengua materna para asegurar la comunicación, considéralo como un acto de cortesía que se ha de agradecer, a ser posible, con un acto de reciprocidad lingüística. Aprende, aunque sea, a saludar y a dar las gracias en su lengua. Por otra parte, no podemos olvidar que los seres humanos somos vulnerables: nos ataca la enfermedad, tenemos problemas legales, peligra la estabilidad de nuestra familia. Y es precisamente en esos momentos difíciles cuando es más importante que podamos comunicarnos en nuestra lengua materna. El 21 de febrero es el Día Internacional de la Lengua Materna. Os dirán que se celebra la dignidad de las lenguas. Ahora ya sabéis que, en realidad, se celebra la dignidad de sus hablantes nativos.