No dormían. Era el martes 11 de octubre de 1994, la noche había caído sobre Madrid hacía ya varias horas y, en las calles, escaparates encendidos, luces de automóviles, el alumbrado público, rótulos, el párrafo de claridad en la escalera de los edificios repentinamente abiertos, mujeres fumando, hombres fumando, el interior de los últimos autobuses, ventanas como sellos luminosos y semáforos disputaban contra esa sombra mientras, en camas y pisos distintos, Carlos Maceda, Santiago Álvarez y Marta Timoner se debatían con el insomnio.
Habían comido los tres juntos, como solían hacer una vez cada dos o tres meses, al margen de que se vieran, con sus parejas o solos, en otras ocasiones. Al restaurante se entraba por una puerta en arco de madera pintada de rojo. Pese a la tosquedad del suelo demasiado gastado, igual que las paredes, los precios no eran bajos o así se lo había parecido a ellos la primera vez que fueron, diez años atrás, reunidos entonces para celebrar el final de sus carreras universitarias.
No dormían. Veían un salero. No lejos de su mesa, una manzana en un frutero blanco. Veían el resultado de la conversación: ocho millones. Mientras esperaban el primer plato, estuvieron hablando de un conocido común con el énfasis de los que han elegido invocar en voz alta una escala de valores. Cuando ya les traían el pisto, la menestra, la crema de puerros, Carlos Maceda dijo:
—¿Podéis prestarme dinero? Es para mi empresa.
Como agua quieta el calor se les depositaba sobre las piernas. La almohada estaba tibia.
Carlos intentaba apoyar el pecho en la espalda de Ainhoa, amoldarse a su respiración, pero su mujer se revolvía, tensa. Santiago tenía los ojos abiertos, estaba solo. Marta se levantó procurando no despertar a Guillermo.
Había una quemadura en el mantel. Ocupaba la mitad de un cuadrado rojo y el borde de uno blanco. Marta la recordaba porque había puesto el mechero sobre la quemadura sin darse cuenta y luego, al cogerlo, la había visto, y había pasado el dedo por sus bordes. Carlos necesitaba ocho millones [de pesetas]: cuatro de cada uno. El paño rojo y el pan. Ese salero. Marta se tumbó en el sofá del salón. Cuatro millones equivalían al sueldo de un año y medio. Era como si Carlos le hubiera pedido prestado su año sabático.