El lenguaje se ha considerado siempre un fenómeno estrictamente social. Incluso se lo suele caracterizar como «un medio de comunicación», como si pudiera ponerse en el mismo grupo que el telégrafo, el teléfono o Internet. Existen pocas dudas de que el significado de las palabras está condicionado por la historia y por la sociedad, pero esta visión externa o externalizadora del lenguaje nos oculta que es —a la vez, e incluso antes— el más importante atributo cognitivo de los seres humanos. Raramente caemos en la cuenta de que el lenguaje es el sistema interiorizado más rico y complejo de cuantos poseemos. Ciertamente, no lo usamos tan solo para comunicarnos. Lo empleamos ante todo para pensar lo que comunicamos, para construir razonamientos articulados, verbalizar sentimientos y expresar libremente cuanto somos capaces de concebir.
La facultad para hablar una lengua es una capacidad de los seres humanos, de modo que es natural preguntarse en qué consiste exactamente. Si el lenguaje es, como explica Chomsky, un módulo de la mente, una especie de órgano mental que crece y se desarrolla a partir de datos externos, podemos intentar averiguar sus propiedades, especialmente si pensamos en él como un complejo sistema combinatorio de unidades discretas que da lugar a un número ilimitado de resultados. Podemos intentar averiguar, en definitiva, qué hace que las lenguas humanas sean como son.
Estas preguntas son infrecuentes. De hecho, predomina abrumadoramente entre los hablantes la visión externalizadora del lenguaje, de la que se deduce que la lengua es uno más de los recursos que necesitamos para sobrevivir. Asumimos que hemos de aprender a respetar las leyes y a escribir correctamente una carta. Entendemos que existen infracciones al código circulatorio y al ortográfico; que hay comportamientos correctos e incorrectos en las relaciones sociales y en el uso del léxico. Cuando hemos de manejarnos en otros idiomas, asimilamos este hecho al de familiarizarnos con otras costumbres o con otras legislaciones. Actuamos, en suma, como si la lengua constituyera uno más de los muchos sistemas ajenos que alguna institución nos impone y que hemos de dominar, nos gusten o no.
Para el hablante medio la lengua está en la sociedad, no en la cabeza. Hasta tal punto es así, que a muy pocos llamarían la atención las preguntas que constituyen el punto de arranque de la teoría del lenguaje desarrollada por Chomsky: ¿cómo es posible que una niña pequeña distinga el lenguaje articulado entre los millares de sonidos de otro tipo que percibe a su alrededor?; ¿cómo es posible que aprenda en tan poco tiempo a decir cosas que nunca ha dicho y a entender cosas que nunca ha oído?
Hoy sabemos bien que algunas de las respuestas que se han dado tradicionalmente a esas preguntas están equivocadas. Lo está, sin duda, la idea de que el niño aprende a hablar por imitación, o por simple asociación de unas expresiones con otras, o por asimilación del sistema lingüístico a otros sistemas cognoscitivos (aprender a contar, a deducir, a generalizar, etcétera). Si el niño aprendiera a hablar imitando a los demás, las máquinas de las que hoy disponemos deducirían las pautas correctas ante unos pocos miles de datos a partir de ciertos mecanismos inductivos. Pero nadie ha implementado nunca tales mecanismos, por la sencilla razón de que no existen.