El casero vive en Petacas, una pequeña población a quince minutos en coche. Se presenta dos horas más tarde de lo que habían convenido. Nat está barriendo el porche cuando oye el motor del jeep. Levanta la cabeza, frunce los ojos. El hombre ha aparcado junto a la entrada, en mitad del camino, y se acerca arrastrando los pies. Hace calor. Son las doce de la mañana y hace ya un calor seco e inclemente.
No se disculpa por el retraso. Sonríe ladeando la cabeza. Tiene los labios finos, los ojos hundidos. Su raído mono de trabajo está salpicado de manchas de grasa. Es difícil calcular su edad. Su deterioro no tiene que ver con los años, sino con la expresión hastiada, con la manera de balancear los brazos y doblar las rodillas mientras avanza. Se detiene ante ella, coloca las manos en las caderas y mira alrededor.
—¡Así que ya estamos empezando! ¿Qué tal la noche?
—Bien. Más o menos bien. Demasiados mosquitos.
—Tienes un aparato en un cajón de la cómoda. Uno de esos que vale para ahuyentarlos. ¿No lo viste?
—Sí, pero estaba sin líquido.
—Bueno, chica, lo siento. —Abre los brazos, ríe—. ¡Esto es el campo!
Nat no le devuelve la sonrisa. Una gota de sudor le resbala por la sien. Se la limpia con el dorso de la mano y encuentra en ese gesto la fuerza necesaria para atacar.
—La ventana del dormitorio no cierra bien y el grifo de la bañera pierde agua. Por no hablar de lo sucio que está todo. Es mucho peor de lo que recordaba.
La sonrisa del casero se enfría, desaparece poco a poco de su rostro. La mandíbula se le tensa al contestar. Nat intuye que es un hombre iracundo y siente ahora deseos de recular. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el hombre argumenta que ella vio perfectamente cómo estaba la casa y que si no se fijó en todos los detalles no es responsabilidad de él, sino suya. Le recuerda que le rebajó el precio dos veces. Le dice, por último, que él mismo se encargará de todas las reparaciones necesarias. Nat no cree que sea una buena idea, pero no le discute. Asiente y se enjuga otra gota de sudor.
—Hace mucho calor.
—¿También vas a echarme a mí la culpa?
Sara Mesa. Un amor. Barcelona: Anagrama, 2020, pp. 10-11