La gruta del placer
Narciso adoraba fabricar pelusillas en su ombligo. Esas pequeñas bolitas que parecen surgir de la nada entre los recovecos de ese extraño adorno de nuestro vientre, le volvían loco. Y Narciso, además de desvivirse por fabricarlas (era de envidiar el alborozo con que cada mañana recibía el descubri miento de aquel diminuto amasijo de desechos textiles y humanos), las coleccionaba desde hacía más de veinte años.
Sin embargo, Narciso no era feliz. El metro cúbico del preciado material que había logrado reu nir en todos esos años (y que guardaba celosamente en un viejo arcón, legado por su abuelo), le pare cía una cantidad insuficiente, ridícula, y día a día notaba con creciente desesperación un irreprimible sentimiento de fracaso. Era evidente que necesitaba producir más. Pero la fabricación de pelusillas ombligales (si se me permite el neologismo) seguía siendo demasiado lenta y escasa. Tras mucho pensar, Narciso ideó un plan. Cada noche, y con las más impensables excusas ante su sorprendida mujer, probaba diferentes tipos de pijamas y camisetas. Pero el resultado, después de la consabida y placentera extracción matinal, era siempre el mismo: una pequeña bolita que podía encontrar entre las yemas de sus dedos pulgar e índice, y nada más.
Fue entonces cuando pensó en su mujer. Amelia no sabía nada de la insólita afición de su marido (este le había prohibido abrir el viejo arcón de su abuelo) y no se esperaba lo que sucedió aquella mañana. Poco después del amanecer, se despertó sobresaltada al notar una extraña sensación sobre su vientre. Al principio, creyó que Narciso se había despertado juguetón, como sucedía en sus pri meros años de casados, pero cuando levantó las sábanas y le vio hurgando en su ombligo, se asustó. Y después de preguntarle el motivo de todo aquello, se asustó aún más. Pero Amelia era una mujer comprensiva y enamorada, y, después de analizar la situación, decidió darle a su marido lo que bus caba.
Desde entonces, Amelia, después de echar en el arcón su propia producción matinal, ayuda a Narciso con la difícil extracción de la pelusilla que almacenan los pequeños ombligos de sus tres hijos. David Roas. Horrores cotidianos. Palencia: Menoscuarto, 2007, pp. 25-26