Texto 1
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago, que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo no lo quise para nada ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Pedro Salinas, La voz a ti debida, 1933
Texto 2
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas. Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando. [...]
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Leopoldo Alas Clarín, La Regenta, 1884