El tema del sexismo lingüístico ha desbordado el ámbito académico hasta llegar a convertirse en un debate social. Prueba de ello es la ingente cantidad de documentos institucionales y la abundancia de reflexiones, artículos de opinión, manifiestos, etc., que el tema del sexismo lingüístico ha generado en los medios de comunicación.
Según García Meseguer, un hablante incurre en sexismo lingüístico cuando emite un mensaje que, debido a su forma (es decir, debido a las palabras escogidas o al modo de enhebrarlas) y no a su fondo, resulta discriminatorio por razón de sexo. Por el contrario, cuando la discriminación se debe al fondo del mensaje y no a su forma, se incurre en sexismo social. El sexismo social y el lingüístico estarían, según Meseguer, en interdependencia; diacrónicamente, el primero origina el segundo, pero el segundo contribuye a reforzar al primero, ya que el lenguaje conforma, en parte, la mentalidad de los hablantes.
Pueden distinguirse dos posturas teóricas de los estudios sobre el sexismo lingüístico: a) Aquellos que defienden la independencia de la lengua con respecto a la realidad; apoyándose en el carácter arbitrario del género, afirman que el sistema de la lengua no es sexista, aunque sí pueda serlo su uso. b) Quienes parten de la interrelación entre lengua, pensamiento y realidad y consideran al género como categoría motivada. Dada esa interrelación, se afirma que la lengua, en general, y la categoría de género en particular, reflejan la organización social patriarcal dominante en las sociedades actuales. Desde esta posición, se defiende la intervención activa en la lengua, herramienta que puede utilizarse para una transformación de la sociedad. La defensa del sistema de la lengua como algo independiente de la realidad lleva a negar el vínculo del género gramatical con el «sexo», y así desautoriza cualquier intervención que tienda a reflejar la presencia emergente de la mujer en la vida pública. Quienes defienden la interrelación entre lengua y realidad lo hacen como justificación de la relación entre la sociedad machista y el lenguaje sexista, y por tanto, como legitimación de la intervención sobre la lengua para contribuir a erradicar la discriminación social de la mujer.
Desde su aparición a mediados de los años setenta, la crítica feminista del lenguaje ha intentado analizar las conexiones entre el lenguaje y la organización patriarcal. Muchos de los estudios inscritos dentro de esta corriente comparten la tesis que afirma la relación «lengua-realidad». Consideran que la tradicional discriminación de la mujer ha dejado su huella en las estructuras sociales, culturales e incluso cognitivas, siendo la lengua, por el papel preeminente que desempeña dentro de estos sistemas, la mayor depositaria de la mentalidad sexista y androcéntrica que aún perdura en el orden actual.