Texto 1
[Jornada primera, escena II]
Descúbrese SEGISMUNDO con una cadena y a la luz, vestido de pieles.
SEGISMUNDO:
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!¹
Apurar,² cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas³ salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevida y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
- infelice: 'infeliz'.
- apurar: 'averiguar'.
- etéreas: 'del cielo o firmamento'.
Texto 2
[Segunda parte, capítulo I]
Tenía hambre. Notaba cómo su cuerpo se debilitaba, al mismo tiempo que su corazón. Se sentía como prisionero entre las vidas de sus dos hermanos, obsesionado por ellos. «Se acaba. Concluyeron sus raterías, sus pequeñas astucias, su sonrisa burlona. De esta no saldrá...». Pensaba en él, ya, con tanto dolor como nostalgia.
Se apartó de la ventana y fue a sentarse, con la cabeza entre las manos.
«Tal vez Pablo llegue a verlo. Y, si lo ve, ¿qué puede pensar?...».
Sabía que Pablo vivía en una pequeña torre, en las afueras de la ciudad. La casa perteneció a un coronel. Pablo llevaba su vida aparte, totalmente ajena a la de ellos, enigmático y silencioso. «Es egoísta y ruin. Aprovecha las ventajas de su cargo y rehúye con habilidad las obligaciones...». Que estaba bien situado, era indudable. Gozaba de una cierta aureola¹ admirativa y temerosa, a partes iguales. «Él solo, cuando era un pobre maestrillo, en una escuela de suburbio, libertó a doce presidiarios...», decían de él. «Bueno, ¿y qué? Otros hicieron lo mismo. Otros hicieron mucho más». Pero también había quien no hizo nada. «Yo no he hecho nada. ¿Seré yo un cobarde?... ¿Qué soy yo?». En poco tiempo, ¡cuántas cosas se deshicieron como la espuma dentro de él! ¡Cuántas cosas no podían regresar jamás, no se esperaban ya, pasase lo que pasase!
- aureola: 'gloria alcanzada por méritos o virtudes'.